viernes, 11 de agosto de 2017

Una actriz nunca pierde su guión

Miradas que atrapan. Sonrisas acogedoras. Ven aquí, siéntate. Extras que pasan. Las bombillas del camerino. El tacto de la butaca del María Cristina. El glamour de los Goya. Yo nominada y la infanta imputada. Risas. Naturalidad. Costumbrismo. Y esa voz. Cuando mi primo me dice que ha muerto Terele Pávez se graba en mi una mueca de estupor, acabamos de ver "El Bar" (Álex de la Iglesia, 2017), ¿y si está bromeando? ¿Y si es otra Terele? No, no hay otra Terele. Corro al internet más cercano —la maldita desconexión veraniega— y busco su nombre. ¡Qué salga la Wikipedia!, pienso, y ahí está: hace 18 minutos. Terele se ha ido. Mi cabeza empieza a dar vueltas, se me presentan flashes, recuerdos mezclados, todos buenos porque ella hacía especial cada momento. La primera vez que la vi le regalé una flor que había caído del coche fúnebre de Amparo Rivelles, un gesto que he repetido en varias ocasiones, no exactamente con la comitiva de Amparo, pero sí de otros fallecidos. Coronas exuberantes  —"Condolencias de SS. MM. los Reyes de España"— que se engrandece cuando un joven recoge el clavel caído para entregárselo a otra gran dama de la escena, como se solía decir de aquellas grandes intérpretes como la Rivelles. Terele me agradeció el detalle, una tontería, de corazón, con profunda ternura que reafirmó apretando la flor contra su pecho. En ese momento me di cuenta de la grandeza de esa mujer, poco después pude entrevistarla en su camerino del Teatro Español y su cercanía y gracejo eran tal y como lo recogían sus películas con Álex de la Iglesia.

En aquel segundo encuentro en el camerino hablamos de varias anécdotas de su primer rodaje, precisamente "Novio a la vista" (Luis Gª Berlanga, 1954). Atrapados por la magia que creaba a la hora de contar cualquier historia nos fuimos desenvolviendo en desventuras y correrías infantiles, una de ellas consistía en cómo sus compañeros le escondían constantemente el libreto ante un altivo Berlanga que, completamente ajeno a las travesuras, le decía: "Una actriz nunca pierde su guión, en una actriz eso es lo peor". Después de aquel primer film se desarrolló una inmensa carrera, sobre las tablas junto a sus populares hermanas, Elisa Montés y Emma Penella, y en el cine con amigos como Jess Franco, quien se la presentó a Berlanga. Más tarde llegaría la Régula de "Los santos inocentes" (Mario Camus, 1984), nadie como Terele podría haber hecho más crudo y tierno al mismo tiempo ese personaje. Su resurgir llegó de la mano de Álex de la Iglesia, cortando la cabeza de un conejo en la posada de "El día de la bestia" (1995). En sus sietes películas con el director bilbaíno se muestra la total subjetividad del realizador, el joven cineasta está ante la mejor actriz que jamás ha tenido frente al objetivo y lo sabe. Le regaló el "plano Karloff" de "La Comunidad" (2000), el Goya por "Las brujas de Zugarramurdi" (2013) y así hasta "El Bar", donde llegan a una comunión perfecta. Nada me ha aterrado tanto, y a la vez encantado, como esa Amparo —su personaje en la cinta— moviendo la fregona de un lado a otro mientras sentencia: "Este bar se limpia todos los días con lejía".

Sin duda Álex, y su co-guionista Jorge Guerricaechevarría, han sido quienes han sabido ver mejor en Terele sacándole su máxima siempre. "¡Tú eres como yo!". "A mí lo que me dan miedo son los hijos de puta, y de eso hay mucho y en todas partes". Son cientos las frases que me vienen a la cabeza con el penetrante tono de Terele. A partir de aquella vez empecé a verla en más ocasiones, siempre atenta y afectiva, en premios, en galas, siempre estaba ella con una sonrisa agarrada del brazo de su hijo Carolo. Por nada del mundo me perdí su "Ricardo III", un gran montaje con Juan Diego en la cabeza del reparto, que me puso los pelos de punta. Otra de las veces que coincidimos fue en San Sebastián, horas antes del estreno de "Mi gran noche" (Álex de la Iglesia, 2015), me vio por la recepción del María Cristina y no dudó en pararme para hablar un rato. Estaba alejada de todo el meollo, siempre junto a su hijo. En la última edición de los Goya fue nominada por su trabajo en "La puerta abierta" (Marina Seresesky, 2016), tras la ceremonia me encontré con Carolo. "¿Cómo es que no ha venido tu madre?", pregunté. "Está en casa descansando, ha estado enferma". Fue la primera vez que pensé, nada, un segundo, que la gran Terele se nos podía ir. Nunca más volví a verla. Vuelven los flashes, sus miradas, sus sonrisas. Ven aquí, siéntate. Hasta siempre Terele, te vas con las lágrimas de San Lorenzo que iluminan esta triste noche.


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