miércoles, 16 de agosto de 2017

¡A la guerra, George!

"Dunkerque" (Christopher Nolan, 2017) pone fin a la discusión sobre Netflix, definitivamente hay que películas que sólo pueden visionarse en una sala de cine. Filmada en la mayoría de sus escenas en IMAX, y alcanzando límites de sonido jamás escuchados, estamos ante una obra de pura cinematografía, un regalo visual para el espectador. Estamos acostumbrados a que nos sumerjan en una historia de amor en la guerra, o la narración lineal de una famosa operación que debilite a la ofensiva nazi. Nolan se deja de convencionalismos para mandarnos directamente "¡a la guerra, George!", como dice el personaje de Mark Rylance en un tono muy peliculero. Eso es precisamente lo que desentona en esta magnum opus, unos diálogos exagerados, como de película antigua, que pueden llegar a tener su gracia desde un punto de amor incondicional al cine. El sonido atrapa desde esas primeras balas que rompen lo extraño del primer plano, no hay que olvidar que la idea inicial del director era realizar la película sin ningún tipo de guión. Una especie de oda así mismo como autor, rastros de un ego que se arrastran en ese juego temporal que se cruza con las historias en tierra, mar y aire, una especie de prepotencia autor al innecesaria que tampoco hace daño, y sin la cual no estaríamos ante la última cinta de Christopher Nolan. El film se mueve con un ritmo frenético, siguiendo el curso de las balas y la onda expansiva de las bombas, escenas exquisitas como la del espigón —con el también peliculero Kenneth Branagh— o la asfixiante secuencia en el barco encallado.

Hace tiempo que no se plantea una película con las pretensiones de "Dunkerque", con las grandes dificultades de que no aparecen los Estados Unidos implicados y que narra la historia de un fracaso militar. Pese a todo hay escenas realmente emocionantes, el momento "es nuestro hogar" y el discurso de Churchill ponen los pelos de punta, por algo es uno de los grandes oradores del siglo XX y un merecido Nobel de Literatura. La película te mantiene en una tensión constante, nos sitúa en la incertidumbre del soldado, ver "Dunkerque" es prácticamente someterse a una prueba de supervivencia, y eso es algo que el cine bélico no consigue desde hace mucho tiempo. Y en todo ello también queda espacio para ahondar en los personajes, en el pobre George, en el piloto impotente que ve como su compañero ha de apañárselas, y en el genial Cillian Murphy, desbordado por la guerra. El hecho de que los buques armados, los aeroplanos y gran parte del decorado sean reales nos transmite una sensación única que te atrapa, revuelve y suelta como si fuese una de esas enormes olas que golpean con fuerza la orilla. Esta sensación es posible solamente en una sala de cine, tú y Nolan en la playa de Dunkerque, nada más. No valen chorradas de "verlo cuando quiera y donde quiera", "posibilidad de parar o rebobinar" y nada de "controlar la luz de la imagen". Entiendo que las series, hechas además con menos pureza que este film, puedan acompañarnos en nuestro móvil, pero con "Dunkerque" no debiera existir opción. La guerra te pilla dónde te pilla. Alabemos así al gran Nolan.


viernes, 11 de agosto de 2017

Una actriz nunca pierde su guión

Miradas que atrapan. Sonrisas acogedoras. Ven aquí, siéntate. Extras que pasan. Las bombillas del camerino. El tacto de la butaca del María Cristina. El glamour de los Goya. Yo nominada y la infanta imputada. Risas. Naturalidad. Costumbrismo. Y esa voz. Cuando mi primo me dice que ha muerto Terele Pávez se graba en mi una mueca de estupor, acabamos de ver "El Bar" (Álex de la Iglesia, 2017), ¿y si está bromeando? ¿Y si es otra Terele? No, no hay otra Terele. Corro al internet más cercano —la maldita desconexión veraniega— y busco su nombre. ¡Qué salga la Wikipedia!, pienso, y ahí está: hace 18 minutos. Terele se ha ido. Mi cabeza empieza a dar vueltas, se me presentan flashes, recuerdos mezclados, todos buenos porque ella hacía especial cada momento. La primera vez que la vi le regalé una flor que había caído del coche fúnebre de Amparo Rivelles, un gesto que he repetido en varias ocasiones, no exactamente con la comitiva de Amparo, pero sí de otros fallecidos. Coronas exuberantes  —"Condolencias de SS. MM. los Reyes de España"— que se engrandece cuando un joven recoge el clavel caído para entregárselo a otra gran dama de la escena, como se solía decir de aquellas grandes intérpretes como la Rivelles. Terele me agradeció el detalle, una tontería, de corazón, con profunda ternura que reafirmó apretando la flor contra su pecho. En ese momento me di cuenta de la grandeza de esa mujer, poco después pude entrevistarla en su camerino del Teatro Español y su cercanía y gracejo eran tal y como lo recogían sus películas con Álex de la Iglesia.

En aquel segundo encuentro en el camerino hablamos de varias anécdotas de su primer rodaje, precisamente "Novio a la vista" (Luis Gª Berlanga, 1954). Atrapados por la magia que creaba a la hora de contar cualquier historia nos fuimos desenvolviendo en desventuras y correrías infantiles, una de ellas consistía en cómo sus compañeros le escondían constantemente el libreto ante un altivo Berlanga que, completamente ajeno a las travesuras, le decía: "Una actriz nunca pierde su guión, en una actriz eso es lo peor". Después de aquel primer film se desarrolló una inmensa carrera, sobre las tablas junto a sus populares hermanas, Elisa Montés y Emma Penella, y en el cine con amigos como Jess Franco, quien se la presentó a Berlanga. Más tarde llegaría la Régula de "Los santos inocentes" (Mario Camus, 1984), nadie como Terele podría haber hecho más crudo y tierno al mismo tiempo ese personaje. Su resurgir llegó de la mano de Álex de la Iglesia, cortando la cabeza de un conejo en la posada de "El día de la bestia" (1995). En sus sietes películas con el director bilbaíno se muestra la total subjetividad del realizador, el joven cineasta está ante la mejor actriz que jamás ha tenido frente al objetivo y lo sabe. Le regaló el "plano Karloff" de "La Comunidad" (2000), el Goya por "Las brujas de Zugarramurdi" (2013) y así hasta "El Bar", donde llegan a una comunión perfecta. Nada me ha aterrado tanto, y a la vez encantado, como esa Amparo —su personaje en la cinta— moviendo la fregona de un lado a otro mientras sentencia: "Este bar se limpia todos los días con lejía".

Sin duda Álex, y su co-guionista Jorge Guerricaechevarría, han sido quienes han sabido ver mejor en Terele sacándole su máxima siempre. "¡Tú eres como yo!". "A mí lo que me dan miedo son los hijos de puta, y de eso hay mucho y en todas partes". Son cientos las frases que me vienen a la cabeza con el penetrante tono de Terele. A partir de aquella vez empecé a verla en más ocasiones, siempre atenta y afectiva, en premios, en galas, siempre estaba ella con una sonrisa agarrada del brazo de su hijo Carolo. Por nada del mundo me perdí su "Ricardo III", un gran montaje con Juan Diego en la cabeza del reparto, que me puso los pelos de punta. Otra de las veces que coincidimos fue en San Sebastián, horas antes del estreno de "Mi gran noche" (Álex de la Iglesia, 2015), me vio por la recepción del María Cristina y no dudó en pararme para hablar un rato. Estaba alejada de todo el meollo, siempre junto a su hijo. En la última edición de los Goya fue nominada por su trabajo en "La puerta abierta" (Marina Seresesky, 2016), tras la ceremonia me encontré con Carolo. "¿Cómo es que no ha venido tu madre?", pregunté. "Está en casa descansando, ha estado enferma". Fue la primera vez que pensé, nada, un segundo, que la gran Terele se nos podía ir. Nunca más volví a verla. Vuelven los flashes, sus miradas, sus sonrisas. Ven aquí, siéntate. Hasta siempre Terele, te vas con las lágrimas de San Lorenzo que iluminan esta triste noche.


miércoles, 9 de agosto de 2017

Spider-Man reina en el baile

No hay nada más americano que el baile de fin de curso, esa convención de adolescentes hormonados hasta las cejas que tratan de introducir alcohol en el ponche, en principio limpio para la ocasión. Baile que quedaría internacionalmente institucionalizado en el momento que Marty McFly enamoró a su madre antes de regresar al futuro. Así, mientras en Hollywood se relamen con su propia historia, en España seguimos sin saber de qué está compuesto el famoso "ponche" y poco nos falta para tachar el título de "Homecoming Queen" —algo así como la "Reina del Baile"— de sexista, si no se ha hecho ya en algunos círculos. "Spider-Man: Homecoming" (Jon Watts, 2017) es un compendio de toda esa cultura americana que hemos absorbido a través de la Coca-Cola y demás producciones yanquis. Y aunque todo el ambiente de instituto y de una Nueva York invadida por vengadores nos suene típico blockbuster veraniego, este hombre araña llega con una energía, un humor y una jovialidad difícil de refutar. Tom Holland tiene muchas ganas y se le nota, claro que con padrinos como Robert Downey Jr. o Michael Keaton tenía la telaraña bien segura. El espectador medio se quedará embobado desde el principio sin pensar, si usted está leyendo esto no será el caso, por lo que mire esta superproducción con otros ojos, diviértase y viva una película que bebe desde el típico teen film de buenrollismo hasta de thriller con geniales giros de guión. El resto de su estilo, guión y diálogos están a la altura de cualquier producción hollywoodiense, con sus clichés y su humor bobalicón que —hay que reconocer— engancha.

Marisa Tomei y Tom Holland


En un mundo de superhéroes estigmatizados por los cánones de nuestro tiempo, como la Wonder Woman feminista de Patty Jenkins, no viene mal un poco de autenticidad con ese Iron-Man impoluto —candidato a la presidencia de USA en potencia— y ese guardaespaldas "feliz" que nos trae Jon Favreau, a quien le debemos el auténtico renacer del cine de los superpoderes. Y aún así nos sigue chocando encontrarnos con una partenaire negra (maravillosa Laura Harrier) cuando todos esperábamos a esa pelirroja que grabó uno de los besos míticos del cine. A día de hoy parece imposible sentarse ante una película sin sacarle un sentido político o una crítica social, "Spider-Man: Homecoming" es todo lo contrario, una gran película de superhéroes que se entrega por completo al disfrute. El genial Luis Buñuel sentenció "no entiendo por qué algunas personas se empecinan en dar una explicación racional a cuadros que he creado arbitrariamente", si algo tiene que ver esta superproducción de Hollywood con el maestro aragonés es que no se debe buscar más allá de lo que cuenta, en tal caso podríamos arriesgarnos a lo que terminó por sucederle a Buñuel: "a veces me concedo hacer una broma que no posee ningún significado simbólico con la que quiero borrar mis huellas". Si en cada muro que construyan los estudios de la Universal vemos una metáfora de Trump, pronto nos quedaremos sin historias. Watts ha dirigido una película libre, fugaz y entretenida, con guiños geniales a sus predecesoras (incluida esa "amistad" con el hijo del malo que ya vimos con el Duende Verde). Lo bueno de Hollywood es que las películas siempre están bien hechas, como Marisa Tomei (y perdón si lo consideran machista).

viernes, 4 de agosto de 2017

De Georges Prêtre y Año Nuevo

Recientemente busqué el vídeo de la Marcha Radetzky con la que Georges Prêtre —a los ochenta y cinco años— clausuró el mejor concierto de Año Nuevo de las últimas décadas, el de 2010, convirtiéndose en el director más veterano en ponerse al frente de la Sinfónica de Viena. Cuál sería mi sorpresa al descubrir que uno de los hombres —el otro sería Fernando Argenta, también fallecido, y su mítico conciertazo— que inició mi pasión por la música clásica, con su naturalidad, su frescura, su alegría y su forma de desentenderse de la orquesta para dar todo su ser al público, había fallecido siete años después de aquella gloriosa intervención en una pequeña localidad francesa. Prêtre tuvo una de las carreras más hermosas dentro de la dirección de orquesta, antes de que Barenboim y Dudamel lo pusieran de moda. Entre sus mayores éxitos todas y cada una de sus participaciones con la Callas, así como sus mítico montaje de "Carmen", hasta llegar a ser el director de la Ópera Nacional de París en 1966. Por la gloria de nuestra patria queda en el recuerdo la voz de Montserrat Caballé en su versión de "La Traviata" de Verdi, y la colaboración del pianista Gonzalo Soriano con una pieza de Ravel. Pero como ese concierto con el que nos dio la bienvenida al año 2010 no hubo precedentes, ni si quiera la fuerza y exigencia que atrapó al público en 1987 con esa misma pieza y Herbert von Karajan a la batuta logran ensombrecer la enorme sonrisa de Prêtre. Conocidas fueron la "Madama Butterfly" y "La Bohème" que firmó en los años 60' con el también inolvidable Luciano Pavarotti. Falleció el 4 de enero, poco después de este último concierto de Año Nuevo, ese al que él supo dar toda su energía para grabarlo por siempre en nuestra memoria.

Preparando la obertura de "Carmen" junto a Maria Callas

El primer sorprendido tras aquella Marcha Radetzky, que venía precedida de algunas de las polcas más animadas jamás vistas en este concierto, fue José Luis Pérez de Arteaga, el gran narrador de la música clásica en español que fallecería un mes después del propio Prêtre. Así este próximo 2018 deberemos enfrentarnos solos ante el peligro, sin nuestra voz y con el espíritu del director francés sobrevalorado el teatro vienés. Personas que realmente aman esta música y que nos han transmitido ese amor a muchas otras, pérdidas que se notan de verdad y que nos pesan en el recuerdo, aunque la carne muera, la memoria no tiene edad. Todavía en 2016 se vio la última interpretación de Prêtre, rebosante de fuerza, entregado a sus músicos, con el rostro enternecido y aparentemente dominado por la trascendencia que permanecerá eterna en ese Teatro de la Scala de Milán. Con motivo de ello la televisión francesa le realizó un especial en el que se ve de cerca su mirada azul, clara, penetrante junto a su sonrisa de medio lado, emocionado sin emocionarse ante un aria de Maria Callas, todo un testamento de un música muerta entre reggeaton y pachanga, palabras que no deberían aparecer en esta despedida y que, sin embargo, aquí están. Algunas de las piezas más reconocidas de que grabó Prêtre han sido utilizadas en distintas películas, como es su "Carmen" introducida dentro de la banda sonora de "Callas Forever" (Franco Zeffirelli, 2002), habanera que también rescató el reciente film "Juego de Armas" (Todd Phillips, 2016). Su "Intermezzo Sinfonico" del "Pagliacci" de Leoncavallo estaría también presente en "T2: Trainspotting" (Danny Boyle, 2017), un film menor que junto con su original graba una de las mejores bandas sonoras de las últimas décadas. Así pues quede esta justa despedida al gran Georges Prêtre.

Aquel maravilloso Año Nuevo de 2010