viernes, 17 de marzo de 2017

"Selfie", autorretrato de un partido

Hacía tiempo que no disfrutaba de una comedia tan independiente, innovadora, atrevida y libre de prejuicios como "Selfie" (Víctor García León, 2017), una deliciosa caricatura de un tipo muy determinado de persona —el hijo de ministro imputado— presentado en forma de falso documental que sitúa al espectador en el ojo crítico, un estilo incómodo de romper la cuarta pared que deja al público completamente solo ante el metraje, que no es más que una exquisita y deformada visión de nuestra sociedad. Es difícil mantener en todo momento el ritmo de comedia ácida que lleva la cinta desde el primer fotograma, sin embargo el guionista y director tiene una capacidad única para encaminar a este joven pijo a situaciones insospechadas, resueltas con un agudo humor negro. La negrura que pueda habitar ciertas imágenes solo está en nuestra cabeza, el protagonista no ve que haya maldad en ello, es en este punto donde se muestra el enorme conocimiento sobre una educación determinada, una forma de pensar que destaca por cierta indiferencia a lo que se sale de su círculo habitual, y a lo que este joven hijo de ministro habrá de enfrentarse. La cinta no decae en ningún momento, mantiene una comedia constante que desborda la carcajada cuando llega al clímax de la misma circunstancia. "Selfie" podría resumirse en dos escenas clave que resumen con total fidelidad el estereotipo que defiende, el autorretrato lejano —que da nombre al largometraje— con el equipo de Podemos y el saludo robado a Esperanza Aguirre que ella recibe como si fuese un conocido de toda la vida; al fin y al cabo es del partido. Santiago Alverú se sitúa durante todo el film en frente de la cámara, una labor excepcional que resuelve con magníficas improvisaciones y una interpretación que no se aprende en ningún Actors Studio.

Javier Carramiñana, Macarena Sanz y Alverú, protagonistas del film

Víctor García León
Ahora que se han puesto de moda los documentales políticos de izquierdas como "Alcaldesa" (Pau Faus, 2016) o "Política, manual de instrucciones" (Fernando León de Aranoa, 2016) y los medios nos bombardean con una imparable campaña de concienciación de programas especiales sobre refugiados —alguno dirá todavía que no hay suficientes— y mujeres maltratadas, podemos decir que quien no se conciencia es porque no quiere. "Selfie" es todo ello pero sin compromiso, un crítica a todo por todos lados, una astuta herramienta de defensa que debería mostrarse a todos los españoles, para hacer que todos nos sintamos incómodos en algunos puntos. Ayer, durante la proyección de "La escopeta nacional" (Luis García Berlanga, 1978) en Caixa Forum, salió a relucir el tema catalanista en el film y alguno dijo que esta película sería imposible de distribuirse hoy. "Selfie" no es que meta el dedo en la yaga, es que lo retuerce con sadismo. Como espectador uno solo puede estar agradecido al atrevimiento, no solo a su director, también a productoras como Apache Films (con Enrique López Lavigne al frente) por aposta y arriesgarse con este tipo de productos. Es asombroso como el propio López Lavigne es capaz de producir tanto "Un monstruo viene a verme" como "Selfie", una película pequeña que se estrenará mañana en el Festival de Málaga y que da luz a un gran futuro del cine español. Los mejores productos siempre han salido con la censura, en el intento de esquivarla, hoy no existe una desaprobación por ley como tal, sin embargo la crítica de hoy es aún más afilada, cortante y restrictiva. Se han empeñado en restringirnos a un determinado círculo vicioso que se retroalimenta, "Selfie" sale y rompe este círculo, ahora solo queda ver la acogida que la masa media da a esta pequeña genialidad. ¡Y que no nos den Borja por Bosco!

"El Bar", desparasitando España

Álex de la Iglesia tiene el don del sarcasmo desde la irreverencia, siempre manejado con diálogos ingeniosos, salvajes, violentos y una técnica cinematográfica impecable, marcada por su exquisito conocimiento de la narrativa. Ayer mismo, en una pequeña presentación de "El Bar" (Álex de la Iglesia, 2016) en el Fnac de Callao, el director explicaba la importancia de no repetir planos ("si pongo el mismo primer plano de Terele cinco veces seguidas os acabáis hartando") y reforzaba la idea de lo difícil que es hacer cine en nuestra ibérica península, comenzando por conseguir los derechos para los títulos de crédito. Finalmente se decidió por contratar a Ernesto Telephunken, también presente ayer, con quien elaboró el exquisito repertorio de la película, donde no habita el terror sino la angustia por reconocernos en los propios personajes. La música de Duke Ellington requebrándose entre parásitos nos introduce en esa España negra, tan berlanguiana, en la que los Forza Nova siguen quemando mendigos y las comunidades de vecinos siguen matándose por una "inexistente" y valiosa maleta. Por muy negro que se ponga, el cine de Álex de la Iglesia siempre levanta una sonrisa, o al menos congela una mueca atragantada ya que, al fin y al cabo, no hay nada mejor que reírnos de nosotros mismos. Esto se debe al delicado bordado que elaboran en el guión el propio De la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría, donde desparasitan nuestra aún dogmática sociedad a partir de la animalización del ser humano, una deliciosa reflexión que se convierte en puro cine cuando entra en contacto con el artificio, el engaño al que siempre estamos sometidos y que nunca nos deja saber qué está ocurriendo realmente.

Lectura de guión de "El Bar"

Entramos en "El Bar" casi de forma inconsciente, arrastrados por un impecable plano secuencia que nos muestra sutilmente el perfil de cada personaje, todos ellos aparentemente heterogéneos, claro que ya tendremos el resto del metraje para demostrarnos que ante el miedo y el terror el ser humano hace gala de su propia naturaleza, reducida a una común para todos: la supervivencia. Luis Buñuel no necesitó razones para encerrar a la alta burguesía mexicana en "El ángel exterminador" (1962), la excusa que crea el thriller de Álex de la Iglesia sería lo que el maestro Hitchcock definió como un macguffin, verdaderamente importa poco lo que está pasando. Las reacciones de cada personaje están medidas con cuentagotas, resulta impecable como se mantiene en todo momento un protagonismo coral siguiendo la estructura de "Los diez negritos" de Agatha Christie, o más bien como "La matanza de Texas" (Tobe Hooper, 1974) encerrada en un típico bar español. Las piezas encajan como en un perfecto puzzle, la rutina, la voladura de cabeza, las hipótesis, el contagio y finalmente el descenso a los infiernos, guiado por el personaje de Jaime Ordóñez, los cuatro jinetes del Apocalipsis trotando sobre un malogrado mendigo. Todas las películas de Álex de la Iglesia terminan con un clímax bestial, para muchos supone una terrible división entre la primera y la segunda parte de sus films, en mi opinión es el único camino que puede tomar esa situación, esos personajes desbordados y esa película que se mimetiza con el auténtico cine, el de verdad, el que no tiene límites y encuentra en el naturalismo su —por otra parte tan buscada— verosimilitud.


No hay nada más español que Joaquín Climent anclado en el tardofranquismo, imponiendo su arma sobre la barra, Carmen Machi enganchada a la máquina tragaperras o Terele Pávez regentando su bar fregona en mano. Luego están Secun de la Rosa que todavía sueña con encontrar un cargador que le sirva a Blanca Suárez, cuya relación con un hipster Mario Casas sostiene cierto hilo clásico en este film totalmente intemporal. "Están cubriendo los asesinatos" suelta Alejandro Awada, el banquero fetichista, el elaborador de hipótesis capaz de desvariar con ellas la mente de cualquiera, incluyendo al espectador, atrapado desde el primer momento en este juego que no concede prórroga y que salta de nivel en nivel hasta que uno no puede hacer más que contemplar la pantalla ojiplático. "El Bar" es una elucubración de nuestra realidad, una brillante metáfora que se mueve entre parásitos y alcantarillas, un divertidísimo juego de espejos donde podemos terminar tirándonos de los pelos, un thriller inquietante donde lo que menos importa es lo que está pasando. No somos objeto de crítica como acostumbran a tacharnos reconocidos periodistas en sus columnas semanales, existen el cine del Álex de la Iglesia cierto antropomorfismo idealizado que resulta adulador. Somos sucios, bestias, series despreciables, ¡agradezcámoslo! Tras pasar por la Sección Oficial de la Berlinale, hoy "El Bar" abre su persiana en el Festival de Málaga, y llegará finalmente a los cines el próximo 24 de marzo. Estamos ante el suspense de lo consabido, un retrato que nos lleva a la nostalgia de las comedias de acción-satánica, o al menos al edificio de Schweppes. Prepárense para la risa y la redención.

Jaime Ordóñez: ¡Amén!

domingo, 12 de marzo de 2017

#TodosSomosEmbassy

 Margarita Kearney Taylor 
El cierre de Embassy ha caído como una noticia inesperada por todos, los propios trabajadores del mítico salón de té se ven sorprendidos y trabajando —con el despido ya formalizado— "por amor a la empresa", con la que algunos llevan cerca de tres décadas de relación. Es cierto que aquellos que dependemos de un chute de sándwiches de pollo cada cierto tiempo para sobrevivir podremos seguir comprando en las "sucursales" de Aravaca, Potosí y la Moraleja. Sin embargo, con la desaparición del espacio de Castellana decimos adiós a un trozo de la historia de Madrid, un lugar mágico que se reserva un ambiente imperecedero, no sólo porque parece conservar la clientela de 1931, sino porque en Embassy se mantiene una elegancia de misteriosa sosfisticación que nada entre historias de espías y secretos pasteleros acompañados siempre de un té con pastas. Una tradición que trajo de Londres su fundadora, Margarita Kearney Taylor, la mujer que convirtió su salón de té en una auténtica embajada secreta donde acogía exiliados del fascismo europeo. Los últimos días de Embassy se están viviendo como un luto verde que reza por frenar su inevitable cierre, en el salón se escuchan distintas teorías —"no sabemos que está pasando"; "han subido el alquiler de forma desproporcionada"— pero el caso es que nadie sabe con certeza que está pasando. El comunicado oficial de la empresa tampoco da muchas pistas, habla de "crisis", "cambios en el modelo de negocio" y "alternativas que permitan seguir ofreciendo nuestros servicios a nuestros clientes habituales"; frases que suenan a consolación e incertidumbre. Como me decía el otro día Josie, "esto solo puede pasar en España" ciertamente, ¿qué ocurriría si la señora Taylor levantase la cabeza. La clientela se ha volcado con la causa, el espacio está a rebosar, parece la Embassy de siempre. "Parece mentira que esto haya pasado una guerra y ahora..." sentencian algunas voces de toda la vida.


Lo cierto es que, pese a sus remodelaciones y ampliaciones —como el restaurante que funciona desde los 80'— el lugar atesora su encanto natural, sus estilosas ancianas pegadas a un gin-tonic y su eterna tarta de limón que supone la guinda de este verde pastel. La propia señora Taylor dijo que "las Castellana era como los Champs-Élysées", parece que hayan pasado siglos desde esa afirmación, hoy poco tenemos que ver con Francia y el cuidado de su patrimonio cultural, el mismo que tan poco parece preocuparles a nuestros políticos. Como en la Pastelería Arrese de Bilbao, aún vigente con 165 años de historia, o La Duquesita que cerró hace dos años tras su apertura en 1914, Embassy habita un poder que reside en la historia. Carmen Orueta, al mando de Arrese, recuerda cuando conoció "a la hija de la dueña [de Embassy], tuvimos que coger un tren para ir a las afueras de Londres". Declaraciones que unen a la historia y convierten a estos espacios en uno solo, en la vida unida del dulce. Recuerdo desde pequeño ir al salón con mi abuela, quedó en esa época impregnado en mi el sabor de ese sándwich de pollo, cortado en una delicada loncha y rociado con una deliciosa mayonesa. Resultaba estimulante pensar como, mientras Berlanga y Azcona escribían sus ácidos guiones en el —también desaparecido— Café Comercial, María Jesús (mujer de Berlanga) y sus amigas discutían historias aún más negras e irrisorias en el salón de Embassy. La vieja historia termina con una modernidad, un hashtag (#TodosSomosEmbassy) que simboliza el fin de una era que aún pervive en pequeñas esquinas como Embassy. Quede, al cierre de este artículo, anunciar que el próximo miércoles 15 de marzo, sobre las 19:30h, se concentrará una manifestación en el mítico local de Castellana para despedir al salón cuya historia será eterna.

El autor de este artículo en la entrada de Embassy (por la calle Ayala)

martes, 7 de marzo de 2017

Stop Over in Syfy

El pasado domingo se clausuraba en el Palacio de la Prensa de Madrid la decimocuarta Muestra Syfy, en la que se muestran algunos de los grandes títulos del cine fantástico, incluyendo grandes estrenos como "Kong: La isla calavera" (Jordan Vogt-Roberts, 2017) que cerró el festival. Dentro de esta muestra tuve la suerte de asistir al estreno de "Stop Over in Hell" (Víctor Matellano, 2016), una experiencia única que hizo de la proyección un acontecimiento histórico y sus circunstancias. Ya con la presentación de Leticia Dolera se habían presentido momentos de entrega eufórica que la actriz y directora manejó con tacto: "Un western rodado en inglés, muy de cine español", sentenciaba en referencia a "Parada en el infierno" (título español del film de Matellano). Los coros y las ocurrencias se agolpaban dando voces en la sala principal de los cines, que por su parte ya suma el aspecto de fantástica pues su disposición frente a la pantalla imita al de una nave espacial a punto de despegar. Y despegó, especialmente con la llegada del mítico Colin Arthur, maquillador en nuestro cine y creador de los efectos especiales de largometrajes como "Alien, el octavo pasajero" (Ridlet Scott, 1979) o "2001: Una odisea del espacio" (Stanley Kubrick, 1968) que, aunque ganó el Oscar a los Mejores Efectos Visuales, no fue para Arthur sino para el propio Kubrick. Paradojas de la historia. El director de "Stop Over in Hell" alabó su "sangre, con el perfecto grado de color y viscosidad", dando lugar así a la proyección que el público ansiaba como DiCaprio su Oscar. El gran triunfador de la noche fue, pese a no estar allí, Ramón Langa cuya aportación al film fue recibida entre vítores, gritos de "te amo Bruce" y "yipikayei". Claro que, como siempre en la Serie B, los grandes profesionales se encuentran tras el maquillaje y el vestuario, en este caso el propio Arthur y Marta Fenollar.

Leticia Dolera en la 14ª Muestra Syfy

Figurín de Marta Fenollar
Personalmente había acudido con un alto grado de escepticismo, podía entender un determinado homenaje al cine de Serie B o incluso aquella deliciosa bolsa de clichés llamada "Vampyres" (Matellano, 2015), tiene un público con el que me llego a identificar en casos extremos como la filmografía de Jess Franco. Sin embargo, no veía claro un western de Serie B con más diálogos que sangre. La estructura de la película está muy marcada, esencialmente por tres matanzas diferenciadas y una inicial algo inservible que no hace más que despistar al espectador. En cuento nos encontramos con el personajes de Willy Montesinos, Manuel Bandera o Enzo Castellari (director del reconocido spaghetti western, "Voy, lo mato y vuelvo", 1967), la acción vuelve de golpe y el espectador sufre un chute de emoción aumentado por el efecto relax a cargo del gran protagonista del film, Pablo Scola. Este subidón en la Muestra Syfy suponía palmas, cánticos, bailes y brillantes ocurrencias que dialogaban con la propia película, todo lo que uno piensa mientras ve un producto audiovisual se reflejaba sin ninguna sutileza en un público enardecido por la sangre, que dotaba de un exquisito sentido del humor al film. Si está o no buscado en la película es otra historia, eso sí, "Stop Over in Hell" ha nacido para ser vista en esta serie de festivales que hacen de ella una obra maestra. Podría definirse como un giallo western tarantinesco, o al menos busca claramente esas referencias, la diligencia, el coronel, los diálogos parodiando a "Los odiosos ocho" (Quentin Tarantino, 2016), todo ello suma a esta pequeña gran película. Nadia de Santiago y Andrea Bronston resultan los papeles más originales y divertidos de un film del oeste en mucho tiempo, se acercan al carisma que otorgaba John Ford a sus personajes con los astutos guiños cómicos, especialmente en el personaje de Bronston. Como algún aficionado gritó al final de la proyección: "¡Viva el cine español!".

Andrea Bronston, Jorge Quesada y Nadia de Santiago

jueves, 2 de marzo de 2017

The Placido Experience

No existe sensación más pura que la formada por un grupo de personas encerradas en una sala de cine, nos convertimos en seres inherentes al celuloide que se proyecta con la misma ilusión que sigue viajando en tranvía. El cine es un instrumento social rodado para verse en comunidad, así lo han demostrado los grandes maestros del cine, Berlanga citaba el western de la semana como el acontecimiento social de Villar del Río en "Bienvenido Mr. Marshall" (1953), Hitchcock convirtió un pequeño cine de barrio y sus latas de película en unos de sus primeros macguffin en "Sabotaje" (1936), mientras que la mayor muestra de amor al cine visto en compañía llegaría con "Cinema Paradiso" (Giuseppe Tornatore, 1988), con aquella magnífica proyección en la plaza del pueblo. Algo parecido nos hace sentir el ciclo "Los jueves, Berlanga en pantalla grande", que continúa fiel a su cita semanal como el western de "Bienvenido Mr. Marshall". No consiste solo en la revisión de algunos de los mayores clásicos de nuestro cine, películas míticas que no conocen mejor loción antiarrugas que nuestro telediario actual, sino que vuelve a reunir a un grupo de personas que no dudan en converger durante unas horas en esa sensación de nostalgia cinéfila que desaparece con las propias salas de cine. La historia es la excusa que han tomado José Luis García-Berlanga, Marisol Carnicero y Fernando Rodríguez Lafuente, como organizadores del ciclo, para mostrarnos estos deliciosos dulces de la mano de grandes conocedores de la misma, o incluso protagonistas de esa historia. Cualquier subterfugio es adecuado con el fin de reunir a un grupo de personas dispuestas a compartir la sensación de "Cinema Paradiso".

El cine de "Cinema Paradiso"

Cartel polaco de "El Verdugo"
Los sentimientos que nos invaden al reír, llorar, o incluso masticar palomitas unos junto a otros frente a una proyección, utilizan la ficción de la película para mostrar nuestro lado más real, ni siquiera cuando soltamos una lágrima en un funeral es tan auténtica como la que se escapó por primera vez con la marcha de "E.T., el extraterrestre" (Steven Spielberg, 1982). Como muestra de ello ha quedado en nuestro memoria The Placido Experience, cuando tuvo lugar la proyección de "Plácido" (Luis García Berlanga, 1961) en el ciclo comentado. Fue un momento único, el boicoteado y premiado director, Fenando Trueba, recordaba anécdotas sobre Luis y su guionista habitual, Rafael Azcona, "él decía que no tenía ni idea de cómo hacer un gag, cuando había creado algunos de los mejores de la historia del cine", recordaba con una nostálgica sonrisa. Llegaron las comparaciones históricas ("creo que Plácido es una película gris, mientras que El Verdugo es en blanco y negro") y las alabanzas de un antiguo admirador que solo sabe encumbrarla como el mayor metraje de nuestro cine. Entonces se apagaron las luces paulatinamente, el punto rojo del micrófono permaneció y en pocos minutos los reconocibles acordes de Miguel Asins Arbó nos cautivaron para siempre, no tardaron mucho en aparecer las primeras risas. Uno ya ha visto incontables veces la obra maestra y no duda en sonreír cuando ve que se acerca uno de esos momentos álgidos, en los que el público fuerza su risa para demostrar que no solo tiene gracia sino que se la hace, oiga. Algo parecido ocurrió la semana pasada con "El Verdugo" (Luis García Berlanga, 1963), presentada por un aún más entusiasmado, si cabe, Javier Rioyo fascinado por como Berlanga "había logrado captar la esencia de los verdugos", citando referencias como el mítico documental de Patino o declarándose finalmente como uno de esos filmófilos (enfermedad que Berlanga pondría a la orden del día en "Nacional III", 1982) que sueñan con volver a ver la película por primera vez.

El cine de "Sabotaje"

Cartel húngaro de "La escopeta nacional"
El ciclo se ha convertido en un brillante reflejo de una sociedad perseguida siempre por los ecos del pasado, "Berlanga está más actual que nunca", se encarga de recordarnos José Luis, su hijo, en sus presentaciones, actualizando la incombustible figura paterna. Resulta curioso el análisis de los invitados que han ido circulando por el ciclo, desde la figura más historiográfica encarnada en un Santos Juliá que no terminó "de comprender La Vaquilla en su momento", hasta la más literaria de Andrés Trapiello y su quijotesco análisis de la primera película de Berlanga en solitario. Sin olvidarnos de Carmen Iglesias (quien pudo haber hacer realidad el famoso gag de "Novio a la vista" (Berlanga, 1954) con el infante y sus abuelos, pues dio clases de historia a nuestro actual rey) que posó sobre "Los jueves, milagro" (Berlanga, 1957) una visión algo gris fundamentada en su adolescencia, historia viva. Hoy mismo prosigue este hermoso peregrinaje que sigue una estela perlada en el cine de Berlanga, en la historia de España, en un ciclo donde lo más importante es volver a reunir a viejos y jóvenes enfermos de filmofilia, dispuestos a reír una vez más —en pantalla grande— con el gran Berlanga. Luis Alberto de Cuenca se pone al frente de "Vivan los novios" (Berlanga, 1970), primera cinta en color que, pese a ello, continúa con una España negra que sobrevive en ese inolvidable plano final: la comitiva funeraria que avanza en forma de araña. No se distancien pues de esta delicia cinematográfica que se nos presenta cada semana para disfrutarlos juntos, en familia filmófila. "¿Les a gustado? Pues se dice, coño, se dice", como diría nuestro querido Marqués de Leguineche.

"Pues se dice, se dice, que me cuesta quinientas pesetas por cabeza"

martes, 28 de febrero de 2017

Terminal-2: Trainspotting

John Hodge y Danny Boyle se han vuelto a reunir como guionista y director en una aventura épica, la segunda parte de "Trainspotting" (1996) que llega como un chute de heroína —y de nostalgia— trayendo de vuelta a los inolvidables Renton (Ewan McGregor), Spud (Ewem Bremner), Franco (Robert Carlyle) y Sick Boy (Jonny Lee Miller), que pese a haber madurado no dudan en convertirse en aquellos chavales desfasados cada vez que se reúnen. La película nace de por sí en un estado terminal, que no es sino el mejor modo de empezar una rehabilitación fílmica sensacional que recupera aquellos deliciosos planos de la original, nos trae a un equipo rejuvenecido e infantil, con ganas de recordar la que ha sido una cinta generacional. Boyle mueve la cámara con destreza desde una experiencia que le permite convertirse en el director juguetón y arriesgado (esos flashbacks superpuestos al nuevo material), que apuesta y gana edificando una comedia amarga, estética y bestial, el mejor modo para enganchar a una nueva generación. El guión de Hodge vuelve sobre la mítica novela de Irvine Welsh, recatando su frescura con una historia completamente fresca y delirante, sobre todo en el personaje de Carlyle, a quien todos deseábamos volver a ver on fire ante la vuelta de Renton-McGregor. Nace así "T2: Trainspotting" (Danny Boyle, 2017) habida de una estética melancólica en su recorrido por el viejo Edimburgo, pero también hortera y algo kitsch, con blancos, naranjas y el eterno rubio de Simon (a.k.a. Sick Boy), con el que se permiten hasta bromear con si tinte. Es precisamente esta capacidad para reírse de sí mismo lo que renueva lo viejo en una obra actual, divertida y justa secuela que no ha de compararse con su predecesora, sino que ha de comprenderse como su heredera desvergonzada.

El director, Danny Boyle

"T2: Trainspotting" recupera el espíritu scottish que se había perdido entre precuelas galácticas, zombies, funerales e indios multimillonarios, y lo hace con un golpe de humor y liberación que les otorga la posición en la que ahora se encuentran sus protagonistas. Nos deja así escenas memorables como el robo de las tarjetas de crédito seguido del cántico-protestante o la pelea en la vieja taberna de Simon, que siguen la estela de la indecencia original. Además, como en "Trainspotting", lo menos importante es la trama o lo que verdaderamente ocurra, lo grandioso son las escenas que se suceden dejando frases, carreras y planos icónicos. Se edifica así una estructura deliciosa compuesta por genialidades sin sentido o disparates indispensables, nos encontramos ante cuatro cuarentones que resultan patéticos a nuestros ojos, se han convertido en una caricatura de sí mismos, y lo importante es que siguen disfrutando como siempre. Desde la obertura apreciamos un montaje rápido —que no apresurado— que no decae, Boyle nos hace vivir de lleno un chute de adrenalina que no descansa, revisitamos cuatro personajes que se salen de lo arquetípico y que sus actores rescatan sin ninguna dificultad. Esto es "T2: Trainspotting", no se debe mirar más allá. Estamos ante una reunión de viejos colegas que han vuelto para pasárselo en grande, disfrutando de su éxito y con un presupuesto holgado que siempre hace sus travesuras. La inyección de heroína nostálgica es tal que el film sólo decae cuando intenta ponerse sentimental, claro que por suerte el guión sigue el método de Peter Griffin: cuando se huele el pastel, puñetazo en la cara y vuelta a empezar. No dejen de ver este delicioso autohomenaje lleno de una comedia astuta —también física y fálcil— por su libertad y amor a un proyecto necesario, que todos estábamos esperando (al menos desde que nos dieron la posibilidad). ¡Choose Trainspotting!

Reparto original madurado en "T2: Trainspotting"

Los Goya, perdón, los Oscar

Emma Stone, su Oscar y su Givenchy
La semana pasada se celebraron en el Dolby Theatre de Los Ángeles los aclamados premios de la Academy of Motion Pictures Arts and Sciences de Estados Unidos, la entrega de esas preciadas estatuillas doradas que parecían tener una destinataria clara y que, sin embargo, se repartieron con total justicia en una noche más que divertida, amenizada por Jimmy Kimmel. Por mi parte me había quedado sin posibilidades para ver por televisión la ceremonia, por lo que no dudé en pasarme por el plató de Movistar+ para disfrutar de una noche llena de emociones, siendo el sueño la principal de ellas. Todo estaba preparado con el estilo art déco que caracteriza los glamourosos escenarios de los Oscar, es todo un lujo y un placer ver desfilar a las grandes estrellas por esos portentosos (y espaciosos) decorados, dignos del mismísimo Gil Parrondo —pese a que se olvidaran de él en el In Memorian— con vestidos que superan la razón. En lo que refiere a la participación española, nos fuimos de vacío con la nominación de "Timecode" (Juanjo Giménez, 2016), Javier Bardem no dudó en homenajear a la sobrevalorada Meryl Streep en un formato que llegó a su culmen con el guiño de Kimmel a Matt Damon, su eterno rival en uno de esos programas geniales que en España nunca entenderemos. Por otro lado Álex de la Iglesia y Carolina Bang fueron testigos de una ceremonia histórica, marcada por el gran error final —con culpables despedidos— que coronó a "La La Land" como Mejor Película, cuando finalmente resultó ser para "Moonlight" (Barry Jenkins, 2016). Me pregunto si Warren Beatty y Faye Dunaway no estarían detrás del desastre que cometió la Academia con el premio a la Mejor Actriz, teniendo opciones tan jugosas como la frialdad de Isabelle Huppert o la solemnidad de la Jackie de Natalie Portman.

Warren Beatty reaccionando ante el fiasco

Casey Affleck...Casi Ben, pero no
El resto de la noche se desarrolló según lo previsto, los premios técnicos de lo bonito para "La La Land" (incluyendo Mejor Director para Chazelle) y el resto un justo reparto como el más que merecido Oscar al Mejor Montaje para "Hasta el último hombre" (Mel Gibson, 2016), una de las grandes obras del cine americano reciente que ha pasado demasiado desapercibida desde su estreno en el Festival de Venecia. Por lo que le toca, Kimmel ofreció una de las grandes ceremonias, que no decayó desde su "Can't stop de feeling" de Justin Timberlake hasta el fallo garrafal del Oscar final, parecía una película de Álex de la Iglesia. Eso sí, los gags resultaron más americanizados que de costumbre, desde ese grupo de turista que aparecieron "sin saberlo" en el teatro, hasta la comida que caía en paracaídas tratando de complacer a las hambrientas celebrities. Y utilizo este término porque cada vez hay menos actores sobre la alfombra roja, incluso los nominados prefieren quedarse en casa para dar a luz. Especialmente emotivo fue el discurso de Viola Davis al recoger su Oscar a la Mejor Actriz de Reparto, otro de los premios cantados —no podían permitirse dejar de dar un premio a una afroamericana en estos #OscarSoBlack— claro que precisamente por ello había podido preparárselo con todo lujo de detalles. La noche fue un regalo de esos que nos acercan los dioses y que disfrutamos a través de las burbujas de una copa de champagne, todo un despilfarre con sus fallos humanos, que parecen un guiño a nuestros Goya (recordemos que hace unos años tuvimos un error parecido en el Goya a la Mejor Canción Original). Los americanos se lo toman todo muy en serio y, lo que se ha convertido en una divertida anécdota para la historia de los premios, han terminado despidiendo a los responsables de la consultoría PriceWaterhouseCoopers, que tan bien pronuncia nuestro Pablo Iglesias. Mahershala Ali se hizo con el Oscar a Mejor Actor de Reparto y Casey Affleck —por muchos delitos sexuales que le persigan— se hizo merecidamente con el de Mejor Actor. Parece que Trump ha beneficiado a muchos de los premiados, empezando por Asghar Fahardi, gracias al veto se dio a conocer "El viajante" (Fahardi, 2016) que finalmente se alzó con el premio a la Mejor Película Extranjera. Una noche de diez que nos hace contar los días para la del año que viene.

Jimmy Kimmel, anfitrión de los Oscar del fiasco